El reinado de Pedro III: los ejércitos del Rey de Aragón




“El muy alto Rey don Pedro el tercero dicho don Pedro el grande por las grandes y famosas victorias que obtuvo”, Crónica de Aragón de G. F. Vagad, 1499.

A lo largo del siglo XIII comienza un proceso de institucionalización del poder que se irá  desarrollando en la Baja Edad Media  (Casa del Rey, Cortes, Justicia, notarios y oficiales reales).
El reinado de Pedro III de Aragón (1276-1285) el Grande coincide con aspectos que aceleran estos cambios en las estructuras del poder: la expansión mediterránea, la invasión de los territorios de la Corona por la cruzada dirigida por el rey de Francia, y las reticencias de nobles y ciudades, de las élites feudales, a movilizarse en apoyo del monarca tanto en Cataluña (disputas con la nobleza en la década de 1270) como en Aragón (la Unión de 1283).
Con Pedro III de Aragón se dan varios procesos: consolidación de prerrogativas reales en materia de justicia (como las penas capitales y de mutilación, 1279),  un diálogo rey-oligarquías urbanas a través del cual el monarca obtiene ingresos y las ciudades autonomía política (aumento de la fiscalidad regia), una confirmación de los Fueros y Libertades de las élites aragonesas (Privilegio General de 1283) que repercute en la organización de los ejércitos del rey.

El sistema de reclutamiento de un ejército típicamente feudal no era suficiente, ya que al rey le costaba comprometer a las mesnadas de nobles y las milicias concejiles para su política de expansión mediterránea y afirmación en el contexto europeo (conflictos con los Anjou-Valois). Por tanto, el rey deberá confiar cada vez más en las tropas que pueda reclutar a través de su Casa y, sobre todo desde el siglo XIV, recurriendo al reclutamiento de mercenarios. Se da una dualidad entre los ejércitos del rey propiamente dichos y los ejércitos de los territorios de la Corona.
De importancia fueron los almogávares, que eran montañeses aragoneses o catalanes equipados con  “un cuchillo, una lanza, dos dardos”.
La  fortaleza militar de la casa de Aragón residió precisamente en la combinación de almogávares, ballesteros urbanos y caballeros pesados vinculados a la Casa Real que constituyeron el núcleo de los ejércitos del rey.

En el siglo XIII Sicilia se convirtió en el lugar más disputado del Mediterráneo, clave en la política europea, pues en la isla confluían los intereses dinásticos de las distintas monarquías, y la aragonesa no estuvo exenta. A los Staufen del Sacro Imperio, a los Capetos de Francia, a los Paleólogos de Bizancio, al Papado y a la Casa de Aragón les interesaba Sicilia; bien fuera por ambiciones dinásticas, cuestiones geoestratégicas, el mantenimiento del equilibrio político o intereses comerciales.

Pedro III heredó los reinos de Aragón y Valencia y el condado de Barcelona de su padre Jaime I a la muerte de este en 1276. Su hermano Jaime heredó el reino de Mallorca y los condados del Rosellón y Cerdaña. En 1262, siendo todavía infante, Pedro, había contraído matrimonio con Constanza Hohenstaufen, hija de Manfredo, rey de Sicilia.  Esta unión determinaría en buena medida la intervención de la Corona de Aragón en los asuntos sicilianos.



El Papa, sintiéndose amenazado por Manfredo, rey de Sicilia, buscó aliados y los encontró en la dinastía Capeta. El 28 de junio de 1265 Celemente VI invistió como rey de Sicilia a Carlos de Anjou. Tras la batalla de Benevento, en la que murió Manfredo, Carlos de Anjou entró en Nápoles, haciéndose con el control del reino siciliano.
El dominio francés sobre Sicilia era inestable por: la existencia de una heredera legítima al trono (Constanza, reina de Aragón), el malestar de los sicilianos que veían como el nuevo apenas respetaba sus libertades, y el temor del emperador de Bizancio que, viendo cómo los Anjou preparaban una ofensiva contra Grecia, buscó una alianza con el rey aragonés y alentó la rebeldía siciliana.
Este era el explosivo panorama internacional cuando Pedro III embarcó rumbo a Túnez, sin conseguir la bula papal de Cruzada. El destino de la expedición catalanoaragonesa acabó siendo Sicilia  y no Túnez.

Las “Vísperas Sicilianas”. El 29 de marzo de 1282, Pascua de Resurrección, se produjo un incidente entre soldados franceses y un grupo de sicilianos frente a la iglesia del  Espíritu Santo de Palermo. Esto desató un levantamiento generalizado al grito de “Moranu li Franchiski” en el que murieron unos 2.000 franceses. La insurrección se extendió por el  esto de la isla, formándose comunas en Palermo, Mesina y otras ciudades. En agosto Carlos de Anjou desembarcó en Sicilia con un ejército y puso sitio a Mesina.
Pedro III se hallaba en Túnez convenientemente informado de los acontecimientos, y cuando los sicilianos solicitaron su ayuda acudió. Así pues, el 30 de agosto Pedro III y su hueste desembarcaron en Trapani. Era el comienzo de una guerra europea. El rey aragonés llevaba consigo más de 1.000 caballeros y varios miles de infantes (mayoritariamente almogávares).

El 4 de septiembre de 1282 era proclamado rey de Sicilia Pedro, de la Casa de Aragón. Levantó el cerco de Mesina, e hizo replegarse a las tropas angevinas, mientras que en el mar, Roger de Lauria cosechaba victoria tras victoria. El frente italiano parecía favorable para los intereses de Pedro III.
El 9 de noviembre el Papa Martín IV excomulgaba al rey Pedro y el 13 de enero de 1283 llamaba a la Cruzada contra la Corona de Aragón, la cual entregaba a Carlos de Valois, hijo del rey Felipe III de Francia. Los problemas, los frentes y los enemigos se multiplicaron entonces para el monarca aragonés (frontera navarroaragonesa, Albarracín, frontera francocatalana, Nápoles).

Es en este contexto de multiplicidad de frentes bélicos donde el sistema militar feudal tradicional muestra su insuficiencia, y el rey no puede sino confiar en las tropas de su confianza reclutadas en torno a su Casa y en las tropas que combaten a sueldo como los almogávares.

Felipe III de Francia dirigió entre 1283 y 1285 un ejército cruzado contra la Corona de Aragón, con la ayuda de Jaime II de Mallorca y el apoyo del Papado.

El primer ataque se dio desde Navarra ya en 1283 siendo las fuerzas francesas de “cuatro mil de caballo y muy grande y excesivo número de gente de pie” según cuenta Zurita. Entraron en Aragón por la Jacetania, poniendo sitio al castillo de Ull o Ulle, donde se dio una numantina resistencia por parte de su alcaide, Jimeno de Artieda. Repelieron varios asaltos. Minada la torre, el alcaide y 4 caballeros “se defendían como fieras salvages” sobre las ruinas (Vagad). Jimeno de Artieda combatió al extremo “desiazose el yelmo y con aquel arremetió para el primero y tan gran golpe le dio con el por las quexadas que el derribo los dientes de la boca” cuenta Vagad.

Pero la gran ofensiva francesa pasaría por los territorios del Rosellón en dirección a  Gerona en 1285. El contingente invasor tuvo que ser muy numeroso, quizás de  7000 a 14.000 hombres de armas y el doble de infantes como señala Jorge Sáiz.
El punto álgido del conflicto se dio con el sitio de Gerona entre el 25 de junio y el 5 de septiembre de 1285. A pesar de la enconada defensa la ciudad cayó en poder francés, aunque por poco tiempo.
La defensa de Gerona fue encomendada al vizconde de Cardona que tenía a su mando a 130 caballeros (destacan Guillén de Castelauli, don Guillén de Anglesola y Beltrán de Canellas) y 2.500 peones, la mayoría almogávares y  600 ballesteros mudéjares del reino de Valencia.

Imagen de ballestero: Aliger Ferrum

La ballesta fue un arma comúnmente utilizada en la Península Ibérica en detrimento del arco y como señala Zurita “la ballestería catalana era la mejor que hubo en aquellos tiempos” y tuvo una destacada participación  en la defensa de Gerona en 1285.
A pesar de que “La ballestería que había dentro -que era catalana y muy escogida- y los moros del reino de Valencia, hacían mucho daño en la gente francesa que estaba en los castillos que se habían armado para combatir la ciudad”, la ciudad acabó rindiéndose, por hambre.

Debido a las victorias navales de Roger de Lauria, el ejército del rey Felipe III quedó sin suministros, lo que unido a una epidemia que devastó sus filas y al contraataque que preparaba el rey de Aragón, forzó la retirada de los franceses.

Este texto se basa en un trabajo (La crisis del sistema militar feudal tradicional durante el reinado de Pedro III el Grande) que realicé en 4º de Licenciatura, para una asignatura que impartían G. Navarro y Mario Lafuente.

Daniel Aquillué Domínguez
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