CINCO MARZO DE 1838 EN ZARAGOZA



Eran poco más de las 4 de la madrugada del día 4 al 5 de marzo de 1838 cuando los valientes zaragozanos -muchos encuadrados en la Milicia Nacional- y las bravas zaragozanas se despertaron sobresaltadamente al escuchar gritos de "¡Viva Carlos V!¡Viva la Inquisición!¡Mueran los nacionales!¡Mueran los negros [=liberales]!” y disparos de fusilería... Comenzaba la que poco después sería conocida como "aquella memorable jornada" y hoy celebramos como "Cincomarzada". 
Pero retrocedamos 24 horas antes. Zaragoza es una ciudad atenazada por el miedo, la psicosis de una ciudad que se siente (y lo está) rodeada de enemigos, donde la rumorología es fuente de información independientemente de su fiabilidad. Una ciudad que sabe que su identidad colectiva ya ha quedado definida como liberal, exaltada, revolucionaria, "anarquista". Una ciudad que sabe que los carlistas del exterior y los que pueda haber en su interior... la ven como una perla a conquistar en la cruenta guerra civil que se viene desarrollando desde 1833. Una guerra que dura ya demasiado y que enfrenta no a una reina niña y a un pretendiente a rey, sino a dos grandes ideas y proyectos, la Revolución liberal y la Contrarrevolución absolutista. Liberales y absolutistas se enfrentan en Europa y América desde 1789, y en ambos bandos hubo apoyos transversales y heterogéneos.
A pesar de los miedos y rumores, las autoridades escriben a comienzos de marzo al gobierno: la tranquilidad reina en la ciudad, no hay carlistas cerca. Estos, al mando de Cabrera sitian Gandesa, que acabará siendo evacuada por el general Santos San Miguel. Allí se dirige el grueso del ejército isabelino que opera en Aragón.  
Pero no todos los carlistas combaten en las cercanías de Gandesa... Cabrera ha ordenado una “locura factible” al general Cabañero, que frente de casi 3000 soldados se ha desgajado del grueso de la tropa carlista. La noche del 2 de marzo salía de Alloza y marchaba 22 horas sin trabar contacto con ninguna población. A marchas forzadas este contingente pasa por Ariño y Lécera, llegando en la mañana del día 4 a Belchite. A las 7 de la tarde de ese mismo día pasan por Mediana de Aragón, a tan solo 30 kilómetros de Zaragoza, Sin ser avistados por tropa o autoridad isabelina alguna, cruzan el Canal Imperial y se acercan a El Burgo de Ebro, después a La Cartuja Baja, ya por la noche. 
Eran las 2-3 de la madrugada del 4 al 5 de marzo de 1838. Más de 2000 soldados carlistas se apostan en las inmediaciones de la capital de Aragón. Ninguna patrulla les ha detectado. Estando a poco más de una legua de las tapias zaragozanas, Cabañero ordena al teniente Pedro Muñoz una arriesgada misión: con 14 cazadores y 2 paisanos deben saltar los muros que rodean la ciudad y abrir, desde el interior, la Puerta del Carmen. Ya son las 4 de la madrugada. Mientras los primeros carlistas ponen sus pies dentro de Zaragoza, los serenos encargados de la vigilancia nocturna del barrio del Carmen se despiden en la calla de la Albardería sin percatarse de lo que sucedía unas calles más allá...


4 batallones carlistas se desplegaban cual enjambre en una zona que ocupada de la Puerta del Carmen y la de Santa Engracia al Coso y la plaza del Mercado
Los primeros disparos se oían entonces, comenzaba la "memorable jornada" del Cinco de Marzo. 
04:00h Tropas carlistas entran en Zaragoza con dos escalas que les lanzan del interior por la Puerta del Carmen, posesionándose de ella y al poco de la de Santa Engracia. Tres batallones ocupan la calle Predicadores, la plaza del Mercado, la plaza de San Felipe, el arco de San Roque, y la calle de San Gil. Cabañero, general carlista, queda con un batallón y la caballería en Torrero.
La madrugada del 4 al 5 de marzo de 1838 Zaragoza se despertó sobresaltada por un ataque sorpresa de la facción. La alarma fue general, la respuesta (casi) unánime. El vecindario de la ya Muy Heroica Ciudad y su Milicia Nacional rechazaron con valentía el ataque carlista. Episodio, convertido en fiesta local, conocido desde entonces como la Cincomarzada.


Elevemos ahora un poco el foco, contextualicemos, que siempre viene bien. El siglo XIX fue convulso en España, al igual que en todo el continente europeo y americano. Los ecos de la Revolución Francesa, el imperialismo napoleónico, las restauraciones de monarquías absolutas y las barricadas estaban muy recientes e incluso aún a la orden del día. El Congreso de Viena había intentado borrar cualquier atisbo revolucionario, el liberalismo europeo fue evolucionando tras un aprendizaje político, y más de una monarquía acabó siendo obligada a ser alumna constitucional.
España no fue la excepción, nunca lo fue.  Entre 1810 y 1812 vio nacer la nación y el liberalismo, o según el relato de sus creadores -los Argüelles, Toreno y Muñoz Torrero- recuperar sus leyes y libertad tras trescientos años de tiranía y opresión extranjerizantes. Se proclamó la soberanía nacional, primero en la Ysla de León y luego en Cádiz con la Constitución de 1812. Ciudadanía, Derechos, Representación. Era la Revolución Española. Y todo ello en el marco de una guerra contra el despotismo ilustrado de Napoleón Bonaparte. Después, Fernando VII y su despotismo. Primer exilio liberal en Inglaterra, Francia o América. Sueños de Libertad desde lejos de la Patria.
Y llegó Riego, y las juntas, otra vez, pues las juntas “son el medio que tenemos en España de hacer las revoluciones” –como dijo José Manuel Quintana-. Zaragoza se levantó un 5 de marzo de 1820 a favor de la Constitución de 1812. Parece que el 5 de marzo es una fecha en la que Zaragoza siempre sucede algo, pues ya el 5 de marzo de 1809 fue la fecha elegida por el mariscal francés Jean Lannes para hacer su entrada triunfal en una ciudad arrasada tras dos heroicos y dramáticos Sitios.
Volviendo al tema, Trienio Liberal, Zaragoza constitucional –ya lo había sido entre 1813 y 1814-. Pero a partir de entonces, nuestra Ciudad ya no dejaría de ser un bastión del liberalismo más avanzado en lo que restaba de siglo. Rafael de Riego fue en ese tiempo capitán General de Aragón. Pero una nueva invasión francesa, ésta dirigida por el absolutista Duque de Angulema, echó por tierra las ansias de libertad de la nación. Diez años de monarquía a la que costaba controlar tanto una Hacienda desastrosa, como conspiraciones liberales, como las dinámicas populares y contestarias desde los Voluntarios Realistas. Fuera de España, segundo exilio liberal. Nuevamente, Londres y París destinos predilectos. Asombro por el sistema monárquico inglés y su Parlamento, acomodación al liberalismo posrevolucionario de Constant y Guizot, lecturas del Trienio.
Y por fin, septiembre de 1833, Fernando VII, el último monarca absoluto de España, fallecía. Amnistías de la Reina Regente, María Cristina. Sublevación de Don Carlos María Isidro, guerra civil. El trono de una inocente Isabel II pendía de un hilo y no le quedó más remedio que apoyarse en los liberales más templados. Pero la guerra carlista aceleró y radicalizó los acontecimientos y propició aquello que pretendía evitar: la revolución liberal. 1835 y 1836 son años de Revolución.

Acercamos de nuevo el foco a Zaragoza. La Ciudad, cercada de conventos, rodeada de carlistas, rodeada de enemigos vivió unos años 30 muy inquietos. En 1835, bajo los gobiernos de Martínez de la Rosa y Toreno, las distintas ciudades españolas dieron muestras de descontento hasta que todo estalló en ese verano. El 3 de abril de 1835 el arzobispo Bernardo Francés y Caballero manifestó sus ideas absolutistas y la reacción de los zaragozanos y zaragozanas más exaltados no se hizo esperar: media docena de eclesiásticos de varios conventos fueron asesinados.
Apenas se controló el orden hasta unos meses después, pues en los días 5 y 6 de julio hubo varios altercados: soldados que salieron al Coso dando vivas a la Constitución de 1812 –recordemos que entre 1834 y 1836 lo que regía a España era el Estatuto Real-, tumultuosos que agredieron a frailes y funcionarios filocarlistas, y gritos a favor de la supresión de conventos. Ya entonces los oficiales de la Milicia Urbana y el Ayuntamiento pidieron la extinción de conventos, la libertad de imprenta y acabar con los carlistas del Bajo Aragón. Pero fue, finalmente, el 9 de agosto de 1835 cuando la revolución se llevó a cabo. Ese día, a imitación de lo sucedido en Barcelona y otras ciudades, en Zaragoza se formó una junta revolucionaria en la que se integró el ayuntamiento y los oficiales de la Milicia. La exposición a la Reina Gobernadora recogía lo solicitado el mes anterior. En definitiva, un régimen verdaderamente liberal. Tras estos sucesos, el arzobispo de Zaragoza fue desterrado a Francia, empleados públicos acusados de filocarlistas fueron despedidos, y el gobierno de Toreno cayó, llegando al ministerio Mendizábal.
Pero la guerra se recrudeció, en el norte con el sitio de Bilbao, en el Maestrazgo con Cabrera, y cerca de Zaragoza con Quílez. La ley de imprenta se atascó en el Estamento de Procuradores, al igual que la electoral. Mendizábal fue destituido por la reina el 15 de mayo de 1836. La desamortización aprobada meses antes pendía de un hilo. Y en Zaragoza reinaba la incertidumbre. El 3 de agosto de 1836 se formó una junta revolucionaria encabezada por Evaristo San Miguel “el Amigo del Pueblo”, que no reconocía al gobierno central y promulgaba la Constitución de 1812, elevando una exposición la Reina. El virulento movimiento juntista de agosto del 36 y el motín de los Sargentos de la Granja, el día 12, obligó a la Corona a restablecer la Constitución y convocar unas Cortes para reformarla. Una nueva Constitución, de carácter liberal progresista, fue promulgada el 18 de junio de 1837. Se establecía nuevamente un régimen representativo en España.
La guerra continuaba. Los carlistas no cejaban en su empeño. A finales del verano de 1837, la Expedición Real llegaba las puertas de Madrid. Cundía el pánico entre los liberales, la Milicia Nacional se aprestaba a defender la capital. El recuerdo de 1814 y 1823 estaba aún muy presente, nada era seguro, el despotismo y la represión podían revertir la situación otra vez. El avance de las tropas de Espartero evitó el fatal desenlace. Don Carlos y su ejército se retiraron. En el sur de Aragón, sin embargola guerra se recrudecía. Cabrera sembraba el caos entre las filas del ejército isabelino. Evaristo San Miguel le combatía aun así con tesón.


Llegamos así al episodio que llevo varios párrafos contextualizando. El 5 de marzo de 1838. En el marco de la Primera Guerra Carlista (1833-1839/40), el 3 de marzo el brigadier carlista Cabañero partió rumbo a Zaragoza con intención de entrar en la ciudad y obtener botín, pues no contaba con suficientes tropas para mantenerla. Con unos 2500 soldados de infantería 300 de caballería llegó a Belchite y acampó el día 4 cerca de Zaragoza. Con ayuda de carlistas del interior de la ciudad, en la noche del 4 al 5, el teniente Muñoz dirigió a 15 cazadores a la puerta del Carmen. Con escalas y cuerdas saltaron la tapia y abrieron dicha puerta por la que entró el grueso de la tropa carlista.
Una vez en el interior de Zaragoza, los 2500 soldados de Cabañero se dirigieron hacia el barrio de San Pablo y el Coso. Eran las 4 de la madrugada del 5 de marzo de 1838. Zaragoza se veía invadida, no por soldados napoleónicos como treinta años antes, sino por carlistas. La voz de alarma resonó por toda la Ciudad. Zaragozanos y zaragozanas respondieron al ataque con las armas que tuvieron a mano, la Milicia Nacional tomó las armas en defensa de la ciudad liberal. De su resistencia dependían sus libertades, sus propiedades y sus familias. Los combates se extendieron por gran parte del casco urbano, luchándose en las calles. Finalmente Zaragoza resistió y salió victoriosa. Zaragoza seguía siendo bastión constitucional y de Isabel II. Cabañero huyó con su tropa hacia el sur. Los carlistas sufrieron 217 muertos, más de 300 heridos, y 700 prisioneros. Por su parte, las bajas en el bando isabelino fueron de 11 muertos, 52 heridos y 54 prisioneros.
El 12 de marzo de ese mismo año, las Cortes concedieron a Zaragoza el título de “Siempre Heroica” por su defensa de Isabel II y la Libertad. El general Espartero envió a su ayudante José Urbina a que felicitase personalmente a la ciudad por su heroica defensa. En 1839, un año después, el ayuntamiento liberal progresista de la ciudad estableció la que fue la primera fiesta laica: la Cincomarzada. Esta fiesta del Cinco de Marzo pasó de la cultura política progresista a la cultura política demo-republicana, siendo suprimida en los 40 años de dictadura franquista (recordemos que era también antiliberal), y recuperada por la Democracia en el último tercio del siglo XX.
Así pues, Zaragoza pasó de “Muy Heroica” por su defensa frente a Napoleón a “Siempre Heroica” por su defensa del régimen constitucional y la Libertad.


Un día después, el 6 de marzo de 1838, una ciudad aún en “shock” y presa del miedo -se rumoreaba que Cabrera estaba en el Barranco de la Muerte con un ejército-, se buscó un chivo expiatorio… Juan Bautista Esteller, 2º Cabo de Aragón, es decir, máxima autoridad militar tras el Capitán General 8Santos San Miguel, que se hallaba cerca de Gandesa combatiendo al mando del Ejército de Aragón). Este, rodeadod e enemigos, no había participado en los combates. Se le acusó de ineptitud cuando no abiertamente de traición, y fue detenido por las otras autoridades (Jefe Político, Ayuntamiento, oficiales de la Milicia). Desde su prisión, en calle Predicadores, escribió:
"Excmo. Sor.
Desde esta mañana, que conducido entre bayonetas me hallo en esta carcel como un delincuente con centinelas de vistas y justamente cuando mi alma rebosaba de placer por el heroyco nunca desmentido valor de estos habitantes; nadie se ha presentado a decirme el porque ni hacerme el mas lebe cargo. Yo creo que esa Excma. Diputacion no debe ignorarlo, y que en sus atribuciones se halle el poner fin á un atropello que ni merecí ni menos pudo pasarme jamas por la idea que se realizase con un Gefe que tantas pruevas tiene dadas de su Patriotismo y honradez.
Dios que á VE. muchos años.
Carcel de la Ynquisicion. Marzo 5 de 1838.
El Gral. 2º Cabo.
Juan Bª Esteller.
Excma. Diputacion Provincial de Zaragoza
".
Esta carta la encontré, como tantos otros documentos, en las desorganizadas cajas -cada una es una sorpresa- del Archivo de la Diputación Provincial de Zaragoza. Cuando la leí, hace algo más de un año, me dejó compungido, pues conocedor del triste final de su autor a las pocas horas de escribir aquellas palabras que reflejaban una tremenda incomprensión por lo que estaba sucediendo. Esteller iba a ser el chivo expiatorio de una ciudad atenazada por los miedos de una guerra y sembrada de rumores.
Al poco, conseguí el libro de Raúl Mayoral Trigo El cinco de marzo de 1838 en Zaragoza. “aquella memorable jornada" donde ésta carta está reproducida y se explica todo lo que rodeó al asesinato de este hombre. Esteller no fue la única víctima de esa violencia revolucionaria generada por el contexto de guerra civil, revolución y contrarrevolución, 15 altas autoridades más le acompañaron entre 1835 y 1838, viéndose -a veces lo eran y otras no- como responsables de los males que afectaban a la sociedad española.
Ésta es la efeméride de hoy 6 de marzo, el asesinato de Esteller en lo que hoy es plaza de España.



BIBLIOGRAFÍA:
MAYORAL TRIGO, Raúl, El cinco de marzo de 1838 en Zaragoza. Aquella memorable jornada... Institución Fernando el Católico, Zaragoza, 2014
AQUILLUÉ DOMÍNGUEZ, Daniel, El liberalismo en la encrucijada: entre la revolución y la respetabilidad (1833-1843), Tesis Doctoral, Universidad de Zaragoza, 2017.

Daniel Aquillué





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